viernes, 21 de marzo de 2014

SOBRE LAS CENIZAS DE ÁNGELA


 
SOBRE LAS CENIZAS DE ÁNGELA

 
 
 

 

 

"Quiero que vayan a esa taberna y lo saquen de ahí. Quiero que se planten en la mitad de la taberna y le cuenten a todos que su padre se está bebiendo el dinero del bebé. Deben contarle al mundo que en esta casa no hay una miga de comida, ni un trozo de carbón para prender, ni una gota de leche para el tetero del bebé." p.217

 

Frank McCourt nace en New York, pero llega a Irlanda a los tres años y las necesidades y la pobreza extrema van a marcar su vida. Las Cenizas de Ángela va contar un poco de eso, su infancia, la pobreza, la guerra; todo como un pretexto para hablar de la familia y la fuerza de una madre que frente a todo obstáculo no olvida lo más importante para ella, sus hijos.

Las Cenizas de Ángela es una historia cruda sobre la pobreza, pero también sobre los sueños de quienes no se doblegan ante a las dificultades. Nos deja una lección de perseverancia, para quienes en ocasiones desesperan víctimas de sus preocupaciones.

 

Lo curioso de todo esto es que llegué a este libro a través no de una película, si no de una actriz“Emily Watson”, una hermosa actriz inglesa que me enamoro desde que la vi en aquella película “The Boxer”, donde actúa al lado del ganador del Oscar, Daniel Day-Lewis.

Cuando supe que “Emily Watson”, era protagonista en la película “Las Cenizas de Ángela”, no dude en intentar verla en cine, con la sorpresa de que estaba basada en el libro de Frank McCourt y que pude encontrar fácilmente en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Hoy pude ver el libro alojado en un estante y recordé como había llorado con esta historia. La impotencia frente al esposo de Ángela, que en mi mente tiene el rostro de Emily. Aún conservo en la memoria algunas escenas, el sabor de los recuerdos añejos. Y el asombro frente al olvido.

 

¡Ajá! sí lo es de Frank McCourt: Es la continuación de Las Cenizas de Ángela. El escritor había pensado escribir la historia en un solo volumen, pero terminó dividiendo la historia en dos tomos. Este último nos permite conocer que sucedió con McCourt cuando llegó a Nueva York.
 







Las cenizas de Ángela (Angela's Ashes) fue llevada al ciney dirigida por Alan Parker; basado en el libro homónimo de Frank McCourt, ganador del Premio Pullitzer. 1999.

 





martes, 25 de febrero de 2014

SOBRE DESPOJOS DE GUERRA


HA JIN
DESPOJOS DE GUERRA
EDITORIAL: TUSQUEST (COLECCIÓN ANDANZAS), 2007
 
 

 
 
Sus palabras me evocaron una horrible imagen de la que no había conseguido librarme, la idea de que la guerra era un enorme horno alimentado por los cuerpos de los soldados”[1] Despojos de guerra. Ha Jin. p. 92

 
Las guerras no deberían existir, sin embargo somos impotentes frente a fuerzas que nos superan. Vemos morir miles, a muchos ya no les importa. Nos acostumbramos a la cercanía de la muerte como a los malos olores, a la idea de que nos aman incondicionalmente sin hacer nada para merecerlo. La vida vista así, se vuelve una caricatura donde todo es permitido. Recordemos a los chiquillos jugando con huesos humanos, porque no hay energía para enterrar a los millones de muertos de una guerra[2] o los niños que deciden comer carbón como la cosa más sabrosa, tanto que los adultos sucumben a su exquisitez[3]. Cómo olvidar el niño que roba comida a los soldados norteamericanos y que vive escondido junto a su hermana en una cueva que será su tumba[4]. Nos sentimos incómodos frente a la historia contenida en “Despojos de Guerra” de Ha Jin, porque un hombre que asesina a otro no puede ser más que un loco.
 
“Pero tampoco el bando de la ONU había escatimado nada en su ofensiva psicológica. Las carreteras por las que pasábamos estabas cubiertas de octavillas lanzadas por los aviones estadounidenses, impresas tanto en chino como en coreano, en las que se nos recomendaba la rendición. En una de ellas podía leerse un antiguo pareado: ¡qué pena dan los esqueletos junto a la orilla, soñando con la novia de maravilla¡ Otra reproducía un grabado en el que la mujer joven miraba hacia el horizonte desde la ladera de una montaña a la espera de que regresara su hombre. Se nos prohibió que cogiéramos las octavillas. Muchos se las guardaron igualmente en los bolsillos para liarse cigarrillos o utilizarlas como papel higiénico, a pesar de que si echabas un vistazo a esas hojas, tanta tristeza que te embargaba el pecho te partía el corazón”. p.26
 
Adentrarse en la guerra de Corea a través de los ojos de Ha Jin, nos obliga a vivenciar como muchos de los soldados chinos mueren olvidados o son obligados a combatir en condiciones deplorables: sin comida, sin ropa adecuada, más aún, cuando regresan a China a pesar de su persistencia en los campos de prisioneros, son abofeteados y se les da la espalda por haber sobrevivido. Para el régimen es inconcebible que sus soldados sean capturados vivos, lo correcto abría sido que se hubieran suicidado o muerto en combate. Sin reticencias  Ha Jin nos muestra una China comunista que trata a sus combatientes como canicas, piezas sustituibles, números sin rostro, que pese a ser fieles a una idea, resultan útiles o no de acuerdo a la estrategia que propugne su nación.
 
“A su lado había un cuenco grade de calabaza y una niña pequeña,  de cuatro o cinco años, a la que habían cortado el pelo recto por encima de las orejas. La niña tenía en las manos un montón de saltamontes ensartados por la boca a una caña. De vez en cuando se separa de su madre para cazar un saltamontes. Por un momento me perdí en los recuerdos de mi infancia, cuando mis amigos y yo íbamos al monte a cazar insectos y luego los freíamos y nos los comíamos. Los que más nos gustaban eran las cigarras  y los saltamontes”. p. 179
 
La guerra exacerba el lado más oscuro del ser humano. Con el trato humillante y despiadado, quedan reducidos a animales o menos que eso. Aunque paradójico, pese a todo, la guerra también expone la humildad de los corazones humanos, lo vemos en la escena en que cinco soldados chinos que llevan varios días sin comer, se resisten a tomar por la fuerza los alimentos de cuatro mujeres coreanas que están solas. Esto muestra indiscutiblemente, que para muchos el gesto de humanidad sobrevive en algunos pese al maltrato, aunque la espera y la firme convicción de ganar la guerra mengüen la dignidad y el valor que le damos a la vida.




[1] JIN, Ha. Despojos de guerra. Barcelona : Tusquest Editores, 2002.
[2] OÉ, Kenzaburo. La presa; traducción del japonés de Yoonah Kin con la colaboración de Joaquín Jordá . Barcelona : Editorial Anagrama, 1994.
[3] YAN, Mo. Rana: Editorial Kailas,
[4] NOSAKA, Akiyuki. La tumba de las luciérnagas. Barcelona : Editorial Acantilado, 1999.

lunes, 30 de septiembre de 2013

SOBRE "EL HUEVO" DE SHERWOOD ANDERSON


SOBRE “EL HUEVO” DE SHERWOOD ANDERSON
(1876 Camden – 1941 Colón)
28 DE SEPTIEMBRE DE 2013

Sherwood Anderson para muchos es un desconocido, debido en parte a que el éxito de William Faulkner lo opacó, también su estilo, que aunque realista tocó temas escabrosos para la época, como la sexualidad adolescente, al igual que su determinación de escribir por fuera de lo que él llamó un “argumento tramposo”, esa escuela de cuentos con finales inesperados, heredada en parte por Edgar Allan Poe y ratificada por uno de los mejores cuentistas norteamericanos de la época, el reconocido O. Henry.





En “El Huevo”, Anderson responde a una inquietud, la industrialización norteamericana evoca una discusión moral importante, la idea de acumular éxito, riquezas, bienes, configura el ideario Norteamericano, es decir, el sueño americano reza “se es más feliz en cuanto más riquezas acumules”. En este cuento la zozobra cae sobre quienes despojados del hálito de poseer resultan invadidos por un aire desmesurado de prosperar.


Dejando por un momento “El Huevo”; en el libro “Cuentos Reunidos de Sherwood Anderson, encontramos algunos cuentos que tienen como eje los caballos “Quiero Saber Por Qué” es uno de los cuentos más conocidos de Anderson, en el cual un joven que disfruta de las carreras de caballos, vibra con estar en las caballerizas, siente en su interior la energía del triunfo, el éxtasis de la carrera, sobreponiéndose a la negativa de sus padres, haciendo parte del ritual que está detrás de las carreras de caballos. 



Sherwood Anderson


Álvaro Mutis irrumpe en la escena, su muerte nos acompaña, la atmosfera está cargada con la lejanía de su muerte, pero con la cercanía de sus novelas, su poesía, Maqroll el Gaviero, L'Ultimo Scalo Del Tramp Steamer y aquella novela suya llevada al cine en 1996  “Ilona llega con la Lluvia”. O el libro de poemas que nos recuerda Víctor Zuloaga “Caravansary publicado en 1981. Creo que hay que leer a Mutis, como hay que hacerlo con Gabriel García Márquez, o Santiago Gamboa, Mario Mendoza, Juan Gabriel Vásquez, Germán Espinosa y tantos otros escritores colombianos, que relegamos al olvido, que han dejado de ser novedosos, que no figuran en los medios de comunicación.

Pero volviendo a Sherwood Anderson y conversando sobre su estilo y la crítica que hacía sobre los finales inesperados, coincidimos en que un buen final es necesario en un cuento o una novela, un buen final casi siempre es inesperado, ya que si lo dedujéramos con anticipación, el cuento dejaría de ser interesante. En el cine comercial actual, hay muchos ejemplos de finales esperados, finales que carecen de sorpresa, pero que el público añora en su afán de entretenerse.


En “El Huevo” el peso de la historia radica en el drama de no poder conseguir la prosperidad, el éxito, algo que ironiza Sherwood todo el tiempo, pero que lleva la historia a un final que pocos imaginamos y que llena de dramatismo un cuento desasosegado desde el inicio.





 Raymond Carver llega a la mesa en la voz de Aldemar, y es que este escritor norteamericano es uno de los más importantes de Estados Unidos, junto con los ya mencionados. Si intentamos hablar de finales inesperados, es posible que con Carver lleguemos a un extremo y es el de los finales desconcertantes. Debemos añadirlo a nuestra lista de conversaciones, espero que el tiempo nos alcance para leer algunos de sus cuentos en el club.

martes, 17 de septiembre de 2013

SOBRE HERNÁN CASCIARI


 


SOBRE ALGUNAS COSAS Y HERNÁN CASCIARI

Releer un libro, algunas veces se convierte en una experiencia atrayente, después de diez años hemos cambiado tanto que, personajes y situaciones no son lo mismo. Esas lágrimas que acompañaron las Uvas de la Ira de Steinbeck, ahora ya no surgen, sin embargo, me doy cuenta que no recordaba las descripciones del viaje de Tom de regreso a casa, el insecto dentro de la cabina, el calor, su ropa nueva.


Lo mismo ocurre con El perseguidor de Julio Cortázar, cobra un matiz diferente, ahora percibo más claramente la escena, la personalidad de Jhony, el lugar donde vive, esa manera de tocar el saxo adelantado o atrasado, no sé, en el tiempo. Se me aclara un poco más a quien persigue Jhony, que echarle mantequilla al pan no es eso, es otra cosa. Siento, o mejor, necesito leerlo varias veces en mí vida y estoy seguro que cada vez que esto suceda será otro, otro Jhony que siempre es el mismo.
 

Pero la pregunta con la que debe iniciar esta reseña es ¿Qué libro recomendarías? Más que un libro, creo que hay que recomendar autores, máxime cuando la idea de libro se viene transformando lentamente. No puedo dejar de pensar en algunos autores que he leído y me fascinan, sin embargo, creo que debo hablar de quien estoy leyendo ahora. Quisiera impulsar un poco la lectura de este autor que nos visitará pronto y que dada mi cercana relación con la fatalidad disfruto leer.








Piensen en que algunos seguimos amando el olor del libro, las páginas rotas, las notas entre líneas, los subrayados a lápiz, y que Hernán Casciari nos da dos bofetadas, nos escupe y se ríe de nosotros, el libro impreso ya no es necesario gracias a la Internet, a Casciari que es editor de sus propios textos, a que se sobrepone al asunto moral de poseer, de acumular cosas. Queremos que más lectores lean a Casciari, pero a él lo tiene sin cuidado. Resulta un poco paradójico que sus libros no se consigan en esta ciudad, pero si que podamos escuchar más de 140 relatos suyos si escribimos en Youtube el nombre Hernán Casciari, o leer 13 títulos completos de la revista Orsai (de más de 150 páginas cada una), o cuatro de sus libros  con sólo teclear su nombre.

 
Es posible que embebido entre autores clásicos haya terminado por desacostumbrarme al ritmo acelerado de la tecnología. No veo muchos noticieros porque me alucina la imagen desaprovechada, las palabras vacías, me he convertido en una estadística, soy de los muchos que sucumben a posar sus ojos en el video más visto en Youtube, no puedo escapar.






Pero sigo siendo un romántico y en esto Casciari me alienta, a esperar el momento en que se vendan viajes soñados, sueños de otros remasterizados. Espero que un hombre de clase media baja haya dejado un sueño a medias, una excursión a la China o el Machu Picchu. Un pequeño viaje donde pueda pagar para escuchar a una china cantar - como en Hotel Peking de Santiago Gamboa -, en un idioma que no es el mío, pero que espero entender, como lo hago todos los días cuando miro los ojos de mi hija y sé que es un poco más madura, sabia y aprendo a ser mejor padre leyéndola.

 
Me he convertido en un cursi, sin embargo Casciari se adapta a todo esto, sus cuentos están en la web como un regalo, ha logrado un movimiento cultural alrededor de Orsai – Su revista – de tal envergadura que ahora muchos escritores hacen cola para escribir en ella, ha saltado las lindes de la publicidad, se debe a él y sus lectores. Por eso siento que es un deber soñar junto a él, imaginar.






Mencionaré solo algunos cuentos que aparecen en “El Nuevo Paraíso de los Tontos”, por ejemplo: dos amigos se encuentran después de 20 años gracias al facebook y recuerdan esa época en que para saber algunas intimidades de las mujeres tenían que pasar 3 o 4 citas, ahora hasta el estado de ánimo es un emoticón que te permite conquistarlas más fácil, lo mejor es enamorarse de mujeres a las que no les guste la tecnología, mujeres analógicas; o historias que buscan cuestionar los medios como “La noticia no es el perro”, antes un perro que mordiese un hombre no era noticia, la noticia era el hombre que mordía el perro, ahora es el número de idiotas que vemos el video en Youtube del hombre mordiendo el perro. Lo verdaderamente importante es el número de Youtubes, sin importar el contenido, si es doña Gloria, el gato cuidando el pollito, la marrana alimentando al perro, o la viejita golpeada por el SMAD. Los cuentos de Hernán hablan entre líneas desde la banalidad y nos sorprende, porque ha logrado entender la industria de la comunicación, la inmediatez y se ha sobrepuesto a ella. Él habla de casualidad, pero creo que se necesita mucho más que casualidad para montar una industria cultural en un mundo en crisis, se necesita de amigos, millones de amigos en el mundo, miles que desean escapar a la estadística, que son críticos, que evitan sucumbir a la desazón del mundo, desean estar Orsai, fuera del juego.

 John William Jaramillo T.

martes, 6 de agosto de 2013

DEVANEO Y EMBRIAGUEZ DE UNA MUCHACHA. CLARICE LISPECTOR











DEVANEO Y EMBRIAGUEZ DE UNA MUCHACHA

CLARICE LISPECTOR (BRASIL)

Le parecía que por la habitación se cruzaban los autobuses eléctricos, estremeciendo su imagen reflejada. Estaba peinándose lentamente frente al tocador de tres espejos, los brazos blancos y fuertes se erizaban en el frescor de la tarde. Los ojos no se abandonaban, los espejos vibraban ora oscuros, ora luminosos. Allá afuera, desde una ventana más alta, cayó a la calle una cosa pesada y fofa. Si los niños y el marido estuvieran en casa, se le habría ocurrido la idea de que se debía a un descuido de ellos. Los ojos no se despegaban de la imagen, el peine trabajaba meditativo, la bata abierta dejaba asomar en los espejos los senos entrecortados de varias muchachas.


«¡La Noche!», gritó el voceador al viento blando de la calle del Riachuelo, y algo presagiado se estremeció. Dejó el peine en el tocador, cantó absorta; «¡Quién vio al gorrioncito... pasó por la ventana... voló más allá del Miño!», pero, colérica, se cerró en sí misma dura como un abanico.

Se acostó; se abanicaba impaciente con el diario que susurraba en la habitación. Tomó el pañuelo, trató de estrujar el bordado áspero con los dedos enrojecidos. Comenzó a abanicarse nuevamente, casi sonriendo. Ay, ay, suspiró riendo. Tuvo la imagen de su sonrisa clara de muchacha todavía joven, y sonrió aún más cerrando los ojos, abanicándose más profundamente. Ay, ay, venía de la calle como una mariposa.
«Buenos días, ¿sabes quién me vino a buscar a casa?», pensó como tema posible e interesante de conversación. «Pues no sé, ¿quién?», le preguntaron con una sonrisa galanteadora unos ojos tristes en una de esas caras pálidas que a cierta gente le hacen tanto mal. «María Quiteria, ¡hombre!», respondió alegremente, con la mano en el costado. «Si me lo permites, ¿quién es esa muchacha?», insistió galante, pero ahora sin rostro. «Tú», cortó ella con leve rencor la conversación, qué aburrimiento.


Ay, qué cuarto agradable, ella se abanicaba en el Brasil. El sol, preso de las persianas, temblaba en la pared como una guitarra. La calle del Riachuelo se sacudía bajo el peso cansado de los autobuses eléctricos que venían de la calle Mem de Sá. Ella escuchaba curiosa y aburrida el estremecimiento de la vitrina en la sala de visita. De impaciencia, se dio el cuerpo de bruces, y mientras tironeaba con amor los dedos de los pies pequeñitos, esperaba su próximo pensamiento con los ojos abiertos. «Quien encontró, buscó», dijo en forma de refrán rimado, lo que siempre le parecía una verdad. Hasta que se durmió con la boca abierta, la baba humedeciéndole la almohada.

Despertó cuando el marido ya había vuelto del trabajo y entró en la habitación. No quiso comer ni salir de sus ensoñaciones, y se durmió de nuevo; el hombre que se las arreglara con las sobras del almuerzo.

Y ya que los hijos estaban en la finca de las tías, en Jacarepaguá, ella aprovechó para amanecer rara; confusa y leve en la cama, uno de esos caprichos, ¡no se sabe por qué! El marido apareció ya vestido y ella no sabía qué había hecho para su desayuno; ni siquiera le miró el traje, si había o no que cepillarlo, poco le importaba si hoy era el día en que se ocupaba de negocios en la ciudad. Pero cuando él se inclinó para besarla, su levedad crepitó como una hoja seca.

—¡Vete!
—¿Qué tienes? —le preguntó el hombre, atónito, ensayando inmediatamente una caricia más eficaz.
Obstinada, ella no sabía responder, estaba tan tonta y principesca que no había siquiera dónde buscarle una respuesta.
—¡Cuidado con molestarme! ¡No vengas a rondarme como un gato viejo!
Él pareció pensarlo mejor y aclaró;
—Muchacha, estás enferma.

Ella lo aceptó, sorprendida, lisonjeada. Durante todo el día se quedó en la cama, escuchando la casa tan silenciosa, sin el bullicio de los niños, sin el hombre que hoy comería en la ciudad. Durante todo el día se quedó en la cama. Su cólera era tenue, ardiente. Sólo se levantaba para ir al baño, de donde volvía noble, ofendida.



La mañana se volvió una larga tarde inflada que se volvió noche sin fin, amaneciendo inocente por toda la casa.


Ella todavía estaba en la cama, tranquila, improvisada. Ella amaba... Estaba amando previamente al hombre que un día iba a amar. Quién sabe, eso a veces sucedía, y sin culpas ni dolores para ninguno de los dos. Allí estaba en la cama, pensando, pensando, casi riendo como ante un folletín. Pensando, pensando. ¿En qué? No lo sabía. Y así se dejó estar.


De un momento a otro, con rabia, se puso de pie. Pero en la flaqueza del primer instante parecía loca y delicada en la habitación que daba vueltas, daba vueltas hasta que ella consiguió a ciegas acostarse otra vez en la cama, sorprendida de que tal vez fuera verdad. «¡Oh, mujer, mira que si de verdad enfermas!», se dijo, desconfiada. Se llevó la mano a la frente para ver si tenía fiebre.


Esa noche, hasta que se durmió, fantaseó, fantaseó, ¿cuánto tiempo?, hasta que cayó, adormecida, roncando con el marido.
Despertó con el día avanzado, las patatas por pelar, los niños que regresarían por la tarde de casa de las tías, ¡ay, me he faltado al respeto!, día de lavar ropa y zurcir calcetines, ¡ay, qué haragana me saliste!, se censuró curiosa y satisfecha, ir de compras, no olvidar el pescado, el día avanzado, la mañana presurosa de sol.


Pero el sábado por la noche fueron a la tasca de la plaza Tiradentes, atendiendo a la invitación de un comerciante muy próspero, ella con el vestido nuevo que, aunque no demasiado adornado, era de muy buena tela, de esas que iban a durar toda la vida. El sábado por la noche, embriagada en la plaza Tiradentes, embriagada pero con el marido a su lado para protegerla, y ella ceremoniosa frente al otro hombre mucho más fino y rico, procurando darle conversación, porque ella no era ninguna charlatana de aldea y había vivido en la capital. Pero borracha a más no poder.


Y si su marido no estaba borracho era porque no quería faltarle al respeto al comerciante y, lleno de empeño y humildad, le dejaba al otro el cantar del gallo. Lo que quedaba bien para esa ocasión tan distinguida, pero le daba, al mismo tiempo, muchos deseos de reír. ¡Y desprecio! ¡Miraba al marido con su traje nuevo y le hacía una gracia! Borracha a más no poder, pero sin perder el brío de muchachita. Y el vino verde se le derramaba por el cuerpo.


Y cuando estaba embriagada, como en una abundante comida de domingo, todo lo que por la propia naturaleza está separado —olor a aceite en un lado, hombre en otro, sopa en un lado, camarero en el otro— se unía raramente por la propia naturaleza, y todo no pasaba de ser una sinvergonzonería solamente, una bellaquería.


Y si estaban brillantes y duros los ojos, si sus gestos eran etapas difíciles hasta conseguir finalmente alcanzar el palillero, en verdad por dentro estaba hasta muy bien, era una nube plena trasladándose sin esfuerzo. Los labios ensanchados y los dientes blancos, y el vino hinchándola. Y aquella vanidad de estar embriagada facilitándole un gran desdén por todo, tornándola madura y redonda como una gran vaca.


Naturalmente que ella conversaba. Porque no le faltaban temas ni habilidad. Pero las palabras que una persona pronunciaba cuando estaba embriagada eran como si estuvieran preñadas; palabras sólo en la boca, que poco tenían que ver con el centro secreto que era como una gravidez. Ay, qué rara estaba. El sábado por la noche el alma diaria estaba perdida, y qué bueno era perderla, y como recuerdo de los otros días apenas quedaban las manos pequeñas tan maltratadas, y ahora ella con los codos sobre el mantel de la mesa a cuadros rojos y blancos, como sobre una mesa de juego, profundamente lanzada a una vida baja y convulsionante. ¿Y esta carcajada? Esa carcajada que le estaba saliendo misteriosamente de una garganta llena y blanca, en respuesta a la delicadeza del comerciante, carcajada venida de las profundidades de aquel sueño, y de la profundidad de aquella seguridad de quien tiene un cuerpo. Su carne blanca estaba dulce como la de una langosta, las piernas de una langosta viva moviéndose lentamente en el aire. Y aquella pequeña maldad de quien tiene un cuerpo.


Conversaba, y escuchaba con curiosidad lo que ella misma estaba respondiendo al comerciante próspero que en tan buena hora los invitaba y pagaba la comida. Escuchaba intrigada y deslumbrada lo que ella misma estaba respondiendo; lo que dijera en ese estado valdría para el futuro como augurio (ahora ya no era una langosta, era un duro signo; escorpión. Porque había nacido en noviembre).


Un reflector que mientras se duerme recorre la madrugada; tal era su embriaguez errando por las alturas.


Al mismo tiempo, ¡qué sensibilidad!, ¡pero qué sensibilidad!, cuando miraba el cuadro tan bien pintado del restaurante, de inmediato le nacía la sensibilidad artística. Nadie podría sacarle la idea de que había nacido para otras cosas. A ella siempre le gustaron las obras de arte.


¡Pero qué sensibilidad!, ahora ya no a causa del cuadro de uvas y peras y pescado muerto brillando en las escamas. Su sensibilidad la molestaba sin serle dolorosa, como una uña rota. Y siquiera podría permitirse el lujo de volverse aún más sensible, podría ir más adelante todavía; porque estaba protegida por una situación, protegida como toda la gente que había alcanzado una posición en la vida. Como una persona a quien le impiden tener su propia desgracia. Ay, qué infeliz soy, madre mía. Si quisiera aún podría echar más vino en su cuerpo y, protegida por la posición que había alcanzado en la vida, emborracharse todavía más, siempre y cuando no perdiera la fuerza. Y así, más borracha aún, recorría con los ojos el restaurante, y qué desprecio sentía por las personas secas del restaurante, ningún hombre que fuese un hombre de verdad, que fuese realmente triste. Qué desprecio por las personas secas del restaurante, mientras ella estaba gorda y pesada, generosa a más no poder. Y todos tan distantes en el restaurante, separados uno del otro como si jamás uno pudiera hablar con el otro. Cada uno para sí, y Dios para todos.
Sus ojos se fijaron de nuevo en aquella muchacha que ya, de entrada, le hiciera subir la mostaza a la nariz. De entrada la había visto, sentada a una mesa con su hombre, toda llena de sombreros y adornos, rubia como un escudo falso, toda santurrona y fina —¡qué bonito sombrero tenía!—, seguro que ni siquiera estaba casada, y ponía esa cara de santa. Y con su bonito sombrero bien puesto. ¡Pues que le aprovechara bien la santidad!, ¡y que no se le cayera la aristocracia en la sopa! Las más santitas eran las que estaban más llenas de desvergüenza. Y el camarero, el gran estúpido, sirviéndola lleno de atenciones, el ladino; y el hombre amarillo que la acompañaba haciendo la vista gorda. Y la santurrona muy envanecida de su sombrero, muy modesta por su cinturita pequeña, seguro que ni siquiera era capaz de parirle un hijo a su hombre. Claro que ella no tenía nada que ver con eso, por cierto; pero de entrada le habían dado ganas de llenarle esa cara de santa rubia de unos buenos sopapos, junto con la aristocracia del sombrero. Que ni siquiera era rolliza, porque era plana de pecho. Van a ver que con todos sus sombreros, no dejaba de ser una verdulera haciéndose pasar por gran dama.
Oh, estaba muy humillada por haber ido a la tasca sin sombrero, ahora la cabeza le parecía desnuda. Y la otra, con sus aires de señora, haciéndose pasar por delicada. ¡Bien sé lo que te falta, damisela, y a tu hombre amarillo! Y si piensas que te envidio tu pecho plano, puedes ir sabiendo que no me importa nada, que me río de tus sombreros. A desvergonzadas como tú, haciéndose las importantes, yo las lleno de sopapos.


En su sagrada cólera, extendió con dificultad la mano y tomó un palillo.
Pero finalmente la dificultad de llegar a casa desapareció; se movía ahora dentro de la realidad familiar de su habitación, sentada en el borde de la cama con la chinela balanceándose en el pie.


Y cuando entrecerró los ojos nublados, todo quedó de carne, el pie de la cama de carne, la ventana de carne, en la silla el traje de carne que el marido había arrojado, y todo, casi, le producía dolor. Y ella cada vez más grande, vacilante, temblorosa, gigantesca. Si consiguiera llegar más cerca de sí misma se vería más grande. Cada brazo podría ser recorrido por una persona, en la ignorancia de que se trataba de un brazo, y en cada ojo podría sumergirse y nadar sin saber que era un ojo. Y alrededor doliendo todo, un poco. Las cosas estaban hechas de carne con neuralgia. Había sido el frío que cogió al salir del restaurante.


Estaba sentada en la cama, tranquila, escéptica.
Y eso todavía no era nada. Que en ese momento le estaban sucediendo cosas que sólo más tarde le irían realmente a doler mucho; cuando ella volviera a su tamaño corriente, el cuerpo anestesiado estaría despertándose, latiendo, y ella iba a pagar por las comilonas y los vinos.


Entonces, ya que eso terminaría por suceder, tanto se me hace abrir ahora mismo los ojos, lo hizo, y todo quedó más pequeño y más nítido, pero sin ningún dolor. Todo, en el fondo, estaba igual, sólo que menor y familiar. Estaba sentada, bien tiesa, en su cama, el estómago muy lleno, absorta, resignada, con la delicadeza de quien espera sentado que otro despierte. «Te atiborraste de comida, ahora a pagar el pato», se dijo melancólica, mirándose los dedos blancos del pie. Miraba alrededor, paciente, obediente. Ay, palabras, palabras, objetos de habitación alineados en orden de palabras formando aquellas frases turbias y aburridas, que quien sepa leer, leerá. Aburrimiento, aburrimiento, ay, qué fastidio. Qué pesadez. En fin, que sea lo que Dios quiera. Qué es lo que se habría de hacer. Ay, me da una cosa tan rara que ni sé siquiera cómo explicarla. En fin, que sea lo que Dios quiera. ¡Y pensar que se había divertido tanto esta noche!, ¡y pensar que había sido tan lindo todo, tan a su gusto el restaurante, ella sentada tan fina a la mesa! ¡Mesa!, le gritó el mundo. Pero ella ni siquiera respondió, alzando los hombros en un gesto de disgusto, importunada, ¡que no me vengan a fastidiar con cariños!, desilusionada, resignada, harta de comida, casada, contenta, con una vaga náusea.
Fue en aquel instante cuando quedó sorda; le faltó un sentido. Envió a la oreja una palmada con la mano abierta, con lo que sólo consiguió un mayor trastorno; el oído se le llenó de un rumor de ascensor, la vida de repente se hizo sonora y aumentaba en los menores movimientos. Una de dos: estaba sorda o escuchaba demasiado (reaccionó a esta nueva solicitud con una sensación maliciosa e incómoda, con un suspiro de saciedad). Que los parta un rayo, dijo suavemente, aniquilada.


«Y cuando en el restaurante...», recordó de repente. Cuando estuvo en el restaurante, el protector de su marido le había arrimado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la mesa estaba la cara de él. ¿Porque se había callado, o había sido a propósito? El diablo. Una persona que, para decir la verdad, era muy interesante. Se encogió de hombros.
¿Y cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes —pensó ella moviendo la cabeza con incredulidad—, se había posado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia.


Había ciertas cosas buenas porque eran casi nauseabundas; el ruido como el de un ascensor en la sangre, mientras el hombre roncaba a su lado, los hijos gorditos durmiendo amontonados en la otra habitación, los pobres. ¡Ay, qué cosa me viene!, pensó desesperada. ¿Habría comido demasiado? ¡Ay, qué cosa me viene, santa madre mía!
Era la tristeza.


Los dedos del pie jugaron con la chinela. El piso no estaba demasiado limpio. Qué descuidada y perezosa me saliste. Mañana no, porque no estaría muy bien de las piernas. Pero pasado mañana habría que ver cómo estaría su casa; la restregaría con agua y jabón hasta arrancarle toda la suciedad, ¡toda!, ¡habría que ver su casa!, amenazó colérica. Ay, qué bien se sentía, qué áspera, como si todavía tuviese leche en las mamas, tan fuerte. Cuando el amigo del marido la vio tan bonita y gorda, de inmediato sintió respeto por ella. Y cuando ella se sentía avergonzada no sabía dónde tenía que fijar los ojos. Ay, qué tristeza. Qué habría de hacer. Sentada en el borde de la cama, pestañeaba con resignación. Qué bien se veía la luna en esas noches de verano. Se inclinó un poquito, desinteresada, resignada. La luna. Qué bien se veía. La luna alta y amarilla deslizándose por el cielo, pobrecita. Deslizándose, deslizándose... Alta, alta. La luna. Entonces la grosería explotó en súbito amor; perra, dijo riéndose.