viernes, 2 de diciembre de 2016

HABLAR CON LOS MUERTOS





El poeta es sobre todo un ser que piensa, el que piensa también puede escribir un poema, el poeta reflexiona sobre la sociedad en que vive. El poeta no es un misterio, o un personaje que pretende a ver resuelto el misterio dice William Rouge frente a la pregunta sobre qué conexión tiene Nacer en Rojo, su último libro con México. El sábado hablamos con William Rouge sobre su último libro, esta fue una bella conversación en la que el poeta leyó algunos de sus poemas y nos habló del ejercicio creativo que le habita.






Y es que un poeta como Octavio Paz logra a través de su ejercicio poético todo eso que le gusta al William. Pensar el mundo desde lo que es, un mexicano. En su libro El laberinto de la soledad Octavio Paz se sobrepone a la soledad a través de la reflexión filosófica, puesto que logra extender su reflexión hasta lo que significa la soledad en el latinoamericano, ya que el mexicano y el colombiano no están lejanos en nada, más bien, se acercan en una hermandad primigenia que nos une irremediablemente.

El poeta puede crear poemas que son teatro, música, una obra de arte. El poeta crea mundos. El poema como  camino, al igual que la poesía como camino. William nos sobrecoge con una multitud de ideas que se hilan en torno al poema, a la poesía y su idea de poema. Incluso queda resuelta la inquietud sobre el premio nobel otorgado a Bob Dylan, puesto que desde la idea de William, antes que la literatura existió el rapsoda. Bob Dylan es una especia de rapsoda contemporáneo. La academia al premiarlo, está reconociendo de alguna manera que el arte en general es poesía y que la forma es mero artilugio.





Lo único que debe hacer alguien que busca la belleza es poesía, descubrir poesía, no importa si es cuento, crónica, novela, cine, danza, poema. Desde este punto de vista, lo que entendemos como estética en el arte, es decir, el artista es en cuanto crea eso que antes no existía. Desde este punto de vista William define el arte, la capacidad creadora como poesía. Eso que hace a la obra de arte, arte. Uno llega al mundo a hacer poesía, o dígale a Frida Khalo que no es poeta, ella creó un mundo nuevo con el lenguaje de la pintura, eso es poesía, dice William Rouge recordando sus viajes a México.

Después de una introducción sobre la poesía que decantó un poco lo que pensábamos de ella, es el momento para leer algunos poemas de Nacer en Rojo, que nos tocan con su humedad.





Ella no se me seca
Ella no se me seca. Me sigue lloviendo en la palomera
de mi cabeza. Me repite la guitarreante lluvia
que practicaba en mi cuerpo, y me consolaba
ella con sus ríos.
Me consolaba con Río Lerma. Me consolaba con
Guadalquivir. Me atravesaba el rostro con el Tigris
y el Danubio. Esperaba su lluvia leyendo La
Jornada en la farmacia de la esquina como si allí
me pudieran parar todo el diluvio. Es que no había
torniquetes para la lluvia que me desangraba los
viajes desde las Colinas del Sur hasta Diana la
Cazadora, y yo sabía que muriendo en Reforma
no escamparía jamás aunque del otro lado los ríos
me guardaran la espalda, y al frente estaría un paisaje
de finanzas sin bancos para el corazón que ya
se me había hundido antes de llegar a Río Neva.
Y el asunto era nadar hasta el Metro Insurgentes,
llegar con lluvias a Venecia con Liverpool, donde
se me vendría la sangre de tanta lluvia al ver a
Lennon pidiendo limosna con un perro amarillo
y más mojado que yo, pero a la iglesia no quise
entrar, me quedé con mis hermanos mojados emparamándome
lo que ella no alcanzó.

El ejercicio poético también es un juego, un juego de lenguaje que nos permite imaginar una mujer que es agua, rio, lluvia. El poema Esa mujer sabe llover, también nos introduce en ese ambiente húmedo que es la tercera parte de Nacer en Rojo.





Esa mujer sabe llover
de lloviznita a tifón algo aprendió
Me llueve afuera del Metro
me anega en los últimos vagones
sin besarla yo me encharco
Yo voy lloviendo como si viniera
Yo voy lloviendo como si regresara
Llovizna ella y se encharcan los teléfonos públicos
me enlodo la ciudad de sus aguas para cantarle
en su estanque
a fondo me hago en su alberca
profundo nazco en sus aguas
potable muchacha
incisiva y filosa
me muerde como la lluvia cuando no se le conoce
el nombre
Picotazo de lluvia ella que no sabe qué muchacha es
pero me dentellea el pecho y no sé decirle su país
pero se me hinca a la garganta y no sé cantarla
Lo mío será dejarla llover
ser llovible y llevable
Lo mío será obedecer a su boca
y pasearme fluvial por sus perímetros
como si fuera a concebir un viñedo muy adentro




El poema también es crónica. Tumbas y aviones es un poema que recoge parte de la niñez de Rouge, pero que ante todo es música al leerlo, pasan los años al escuchar cada párrafo, como en una película en la que los días en que íbamos a ver aviones se confunden con las historias que dibuja el poema. El libro de William es una especie de tríptico en el que el licor, el agua, la crónica se entretejen ocultando el trazo, esquivando el ojo atento. 

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