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martes, 30 de julio de 2019

CONVERSANDO CON SANTIAGO RODAS




Hablar de poesía es siempre complejo y más aún de un poeta como Santiago Rodas quien se presenta como algo o alguien indeterminado, “pues es muy difícil tener una certeza de nada. Uno es tal vez pasado, cada vez que publico algo también muere algo en mí.” Dice Santiago. Lo que sí es claro, es que Santiago Rodas tiene una inquietud estética, es decir, una pregunta por cómo escribe y eso que parece una obviedad es en muchos casos lo que menos se preguntan quienes escriben o intentan escribir poesía. El poema es inspiración dirán algunos ingenuos, no necesito leer poesía porque mi creación es única dirán otros. Santiago habla de su búsqueda y se remite a Luis Vidales, aquél poeta colombiano mencionado por Borges y que al igual que Santiago tenía una búsqueda estética que lo separó del canon poético del momento y lo inscribió en las vanguardias; tal vez por eso lo referenció Borges, porque Luis Vidales en su momento intentó lo que Santiago, encontrar una voz propia, a veces contradictoria con eso que conocemos como poema, pero valida en cuanto a búsqueda y experimentación. Leamos un poema de Santiago y me dicen que piensan.







Solo es posible este momento

Ves hombres en moto
de bajo cilindraje con
morrales Totto de mujer
en sus espaldas.
Caminas al lado de dos venezolanos
que venden arepas
y fuman cigarrillos mentolados,
hacen fuerza excesiva en sus chupadas.
Alguien te grita un apodo
que solo saben los amigos
de tu infancia y
no volteas.
Los vendedores de dulces
te ofrecen cocaína y marihuana,
a veces en un inglés maltrecho.
El río que parte la ciudad
arrastra colchones, microondas,
pedazos de gente y gente entera.
Alguien te pide dinero
para llevarle leche a sus hijos
ante tu negativa agacha la cabeza,
escupe dos veces en el piso.
Un policía te cuenta su infancia
como vendedor de pieles de tigrillo.
Una indígena emberá amamanta a su hijo en la calle,
su otro hijo te extiende la mano,
te dice: moneda.
En el centro te entregan un volante
impreso a una tinta con la frase
descubra la causa o el motivo de sus fracasos.
Los terrenos baldíos de tu adolescencia
te los cambiaron
por edificios con apartamentos de
50 metros cuadrados.
Las estrellas se han ido
pero las luces de las casitas en
las montañas intentan remplazarlas.
Cristianos exdrogadictos se montan en los
buses y te venden lapiceros de mala calidad,
hablan en plural pero andan solos.
Un hombre disfrazado de Spiderman
corre por La Playa hacia Boston, algunos
dicen: cójalo, cójalo, ladrón.
Andas por cada calle con la certeza
de que nada va a volver a ser igual
que todo cambia a un ritmo que rebasa
tu comprensión,
que solo
es posible este momento
en el que vagas y dejas
que cada cosa que ves
ocupe gradualmente
su lugar en el mundo.
Santiago Rodas

La poesía entonces no es un único registro ni un solo tema, son múltiples registros, es decir, formas de abordar esos mismos temas. Santiago Rodas es sobre todo alguien que se pregunta por su registro, por la forma de este. De allí que ese registro como él lo llama vaya cambiando entre libro y libro. Su primer libro no se parece mucho a Plantas de sombra (tercer libro publicado). Todo es válido o no, lo que sí es claro es la manera como la voz va cambiando, se transforma, adquiere otro brillo, otro cuerpo, incluso se llena de silencio, nos golpea, nos tiñe de azul la mirada porque se esconde entre palabras.




Los poemas de Santiago están inmersos en la cotidianidad, qué es eso de la cotidianidad, pues tenemos que leer esos poemas para ver atravesadas las calles, los muros, la ciudad, las cervezas, las tiendas, la lluvia, los buses, el humo de las fábricas, la televisión, la música, todo eso que llamamos ciudad, los urbano, lo cotidiano, de esto que llamamos país, la violencia, el olvido, las masacres, el humo de los cadáveres sin nombre. De allí beben este tipo de poemas, de allí bebe Santiago, además de cerveza, claro está. Se bebe la ciudad en pequeños sorbos que luego vomita en poemas. Esos poemas nos tocan porque caminamos esas mismas calles, deambulamos este mismo territorio y no vemos, o evitamos ver todo eso que nombra Santiago. El poeta se entrena para ver, mientras nosotros por el contrario caminamos ciegos frente a nuestras narices.




La poesía de Santiago intenta escaparse a las ataduras de lo que pensamos es poesía, de allí la importancia de su voz, pues poetas que se escapan a lo institucional terminan relegados al olvido como por ejemplo lo fue Helí Ramírez, este poeta de Castilla que inoculó su poesía de la palabra cotidiana, del parlache, para hablar de las calles que caminaba, de lo que sentía, solo algunos años antes de su muerte vieron valor en eso que ya lo tenía, por el azar de la vida, por el azar de quienes publican libros de poesía en las universidades, por azar de quien vio valor allí donde nadie más lo quiso ver.


El cielo en la noche

En los noventa la ciudad ardía de explosiones, carros bomba, balaceras, policías con la cabeza a sueldo, masacres. Pero nada de eso nos importaba a mi madre, a hermana y a mí cuando nos subíamos en el techo de la casa de mi tía, cobijas en mano, empezábamos a contar las estrellas y a relatar historias de ovnis y de espantos hasta que era hora de regresar a casa a rezar un padre nuestro y dormir sin más.


Estamos seguros que Santiago no tendrá ese fin, ya sus libros de poemas se van agotando, son difíciles de conseguir, esperamos nuevas ediciones, nuevos libros, para ver, para escuchar la voz siempre cambiante de este joven poeta colombiano.

martes, 10 de julio de 2018

LAS HORAS MUERTAS EXPELEN SU OLOR A TEDIO



LAS HORAS MUERTAS EXPELEN SU OLOR A TEDIO




El aburrimiento penetra lentamente las paredes de mi cuarto, sus grietas, sube a través de los dedos y se confunde con el sabor a tierra de las horas muertas sobre la cama. Suenan gotas de lluvia tras la ventana, allí  solo veo  bruma, y ese frío helado del tedio penetrando la piel. Claro, ella no llega y tal vez se olvidó de la hora. Ana está en todo, la veo en cada rostro de mujer que pasa, la veo al final de la esquina, en el Metro, en el restaurante, pero no llega. Imagino que el gallinazo en el techo viene a buscar las horas que expelen su olor a tedio. Una pequeña luz se enciende y veo a Bernarda, ese personaje de uno de los cuentos de José Ardila, o tal vez la imagino. Quiero preguntarle si es verdad lo que se cuenta de ella, si en realidad está muerta.


Este libro de José Ardila está dividido en cuatro partes y tres formas del tedio. La familia es una forma de esa masa informe que sigue trepando, ahora por el cuello, duele, es pesada, maloliente, gotea  su forma oscura. Se esparce hasta provocar el vómito, o acaso esa imagen se cuela tras mis ojos como cientos de pequeños gusanos y veo, o creo ver que el tedio tensa la cuerda entre la madre y su pequeño hijo que sufre. Pasan cientos de horas y crece como una enredadera hasta que su soledad llena la habitación completa al lado de su madre. Papá ya no recuerda cómo hablarle a su hijo, Aló, Aló, dice en un intento de soslayar la distancia, Aló, Aló, ¿Por qué no le cuelga, por qué no desecha la voz torpe de su padre tras el teléfono? Imposible deshacer el vínculo, el recuerdo de que aún es su padre.


José logra crear un pequeño universo donde la realidad se va fundiendo, se amalgama con esa atmosfera de la ficción, donde todo es posible. Quedan un montón de inquietudes, dudas, datos faltantes, que adentran al lector en la historia como un personaje más que intentan abrir la puerta, subir las escaleras, gritar, en fin, todo lo que sea posible para escapar al tedio, para saber si Ana va a volver, para intentar llegar temprano al trabajo, para escapar de una casa infestada de gatos.


En esta primera parte en el libro de José Ardila, el tema de la familia junto con todos sus desaciertos flota entre una serie de cuentos que recuerdan las tensiones, las situaciones no resueltas, la dificultad que engendra pertenecer, hacer parte de una familia, ser hijo, padre, madre, hermano.


Ana, ¡llámame!, ¡háblame!, ¡mírame!, ¡recuérdame! La segunda parte del Libro del Tedio abre sus ojos oscuros a una de las formas del tedio más potente: El amor. Ana es ese personaje que encarna la Ana (el amor) de todos. El amor nos invita a compartir espacios con desconocidos, Ana es en principio la frase de Borges “verla no daba sueño” y esa frase está soldada al recuerdo. No quiero mirar a Ana y quedar preso del hastío, del tiempo. Tal vez fue mejor quedarse en el andén a esperarla, así puedo seguir imaginando su olor, su cabello largo, su piel blanda, sus besos, su cuerpo, el sabor de sus ojos. Ana es ajena a esta invención, dicen que es feliz, con su esposo, sus hijos, su casa. Todo eso intuimos de los cuentos en donde esta mujer aparece casi que como imagen ingrávida, no sabemos si existe o es invención, sueño, del personaje que sufre o padece su ausencia.


El amor como forma de tedio se camufla de muchas formas; en esos asuntos que acompañan a las personas que amamos, como un polo a tierra en formalismos, la mudanza, la ida al cine, la comida, el tiempo en el baño, la espera.


¡No,no, no, no, no puedo salir de aquí, este tumulto y esa voz pidiendo no apretar botones me desespera! ¿Y la idea del triunfo, del éxito que me vendió esta ciudad, este país, la universidad, qué? Nadie dijo que fuera a ser fácil.


Asfixiado, sofocado por el olor del tedio, el calor de la soledad entre la multitud, las horas perdidas,  intento abrir espacio para respirar y entrar en la tercera parte del libro (de las formas del tedio), el recuerdo de Ana se arrastra, agazapado, escondido, oculto. Yaaaaaa... logro respirar, e intento olvidar a Ana… ahora, sí… les puedo seguir contando: La tercera forma del tedio en el libro es El trabajo. Esta tercera parte trae algo interesante, y es una historia que ocurre en el Metro, el sonido de esa vocecita que anuncia las estaciones moviliza el libro que tengo entre las manos y decido bajarme en esta estación para colocarme la pijama y entrar en el centro comercial y olvidar, escapar de eso que soy o intento ser. Alguien grita mi nombre !John¡ !John¡ corro, finjo no escucharlo. Y es que esta última forma del tedio, me lleva a recordar los nervios del primer trabajo, pero también la necesidad, la suposición de necesitar, de convivir, de intentar no ignorar, de evitar ignorar a los compañeros de trabajo, al jefe, al interventor. De intuir que los demás también sienten ese nerviosismo, que tienen también la necesidad de escabullirse, de escapar, de ocultarse, de quedarse en silencio, de solo mirar.  



El libro del tedio es una pequeña joya, un conjunto de cuentos que desborda imaginación, técnica narrativa, sencillez, todo eso que es tan difícil de lograr y que me recuerda lo que un escritor tal vez dijo: “un buen cuento es como un buen traje al que no se le ven las costuras” las costuras en este caso equivalen a la técnica narrativa, que está tan bien trabajada que nos sorprende, pasa de manera sutil sin levantar sus patas.

martes, 8 de noviembre de 2016

EXISTE EN LAS HISTORIAS QUE CUENTAN DE ELLA






Ayer conocí a Juliana Restrepo, un tornado que clama por salir, por hacernos volar en un arrebato de carnaval. Juliana es un poco eso. Sus palabras brotan en una fuente de creatividad inagotable. Su primer libro de cuentos recoge varias facetas de la escritura, algo así como un divertimento en el que la técnica y la estructura narrativa fluyen como el agua entre las piedras. Muchas de las historias en este primer libro de cuentos La corriente es sobre todo escritura íntima, como un diario, historias donde prevalece la mirada interior, lo femenino, la pregunta constante.

Son doce cuentos en los que el narrador en primera persona juega a contarnos cosas, a hablarle a lector, a engañarlo, pero sobre todo intenta cuestionarse a sí mismo. El cuento ...VOL - AU - VENT es un juego entre los mensajes de texto del wasap y el deseo que se apodera del cuerpo, el alma, el ser; en cambio CUCHITRIL es un ejercicio de monólogo, pero epistolar; escribirse una carta a sí misma nos revela la historia de esta mujer marcada por el desamor durante toda su vida, pero que al llegar a la madurez la tranquilidad la embarga.





“NINGUNO DE LOS QUE ESTÁN vivos sabe esta historia. Entonces, para desahogarme, me toca escribirte a vos, a mí misma, a la Carmen que era hace sesenta años. Estoy llorando porque vi a Jaime Alberto.
Lo vi esta mañana.”

p. 47 Inicio de CUCHITRIL.




Hasta aquí dos cuentos con estructuras curiosas e interesantes, sin embargo, CORONAS DE FLORES, va a transgredir un poco esa forma de narrar monologada, porque además del narrador, entra otra voz a la historia, los corchetes introducen a un segundo narrador-escritor que contradice la historia y nos llena de incógnitas, de allí lo interesante de este cuento, además, uno se enamora de Jeanne a través de los ojos de la narradora.

“A Jeanne le gustaba la naturaleza, lo natural, escalar, irse a acampar y no bañarse en seis días, oler a zorra, estar en pelota, pintarse mientras estaba en pelota, tomarse fotos en pelota y colgarlas en a nevera, hacerse coronas de flores, besar chicos y chicas en las fiestas. Tenía un novio más o menos estable, Demian, pero igual besaba chicas en las fiestas. Era libertad pura.”

p.56 parte de Coronas de Flores.





LAS PROMESAS, mi cuento favorito, introduce un diálogo interrumpido entre lo que piensa la narradora en relación con Nico (amor argentino) en diálogo a través del correo electrónico, pero de nuevo nos sorprende, porque la protagonista de esta historia, Paulita, está imaginando qué le responderá Nico, las posibles respuestas, los reclamos; mientras espera el correo de Nicolás, sabiendo que no puede leerlo ya que su celular no suena cuando recibe emails. Más allá de todo esto cabe resaltar que escasean los cuentos con una estructura convencional. Además la idea de que dos personas están leyendo un mismo libro en diferentes momentos de la vida y del planeta, pero que esa lectura los une de alguna manera es algo supremamente romántico.

“Me dijiste que cualquier frase tuya escrita en ese libro estorbaba. Tenés razón, cualquier frase tuya estorbaba pero no hay frase. El punto ni siquiera era necesario, las promesas solas bastaban para acordarme de vos. No sé por qué las saqué de la biblioteca. Me dije Qué más da, ya ha pasado mucho tiempo, ya no hablamos, ya estoy muy lejos de Buenos Aires. Qué más da, leámonos esto, salgamos de esto, salgamos de vos, ya mi mundo está demasiado lejos de Corrientes.”

p. 101 Parte de Las promesas.




Otros dos cuentos que tocan un tema difícil de definir, porque no está muy claro si es desprecio, prejuicio o incomodidad entre clases sociales son los cuentos Ménage y Clases particulares, donde se enfrentan dos personajes de clase media baja conviven con la clase alta, por azar en el tiempo, estos personajes se vuelven parte de esas familias. En el caso de clases particulares va cambiando la forma en que la profesora del niño se refiere incluso a la mamá del niño y su padre, la convivencia logra disminuir la brecha que la clase social no logra.




Cada uno de los cuentos de La corriente, hace parte de una totalidad que cuestiona la condición humana, a manera de espejo, cada uno de estos personajes sufre, ríe, llora, se emborracha, muere, en fin, en esa búsqueda incesante por el sentido de la vida. La Corriente es una invitación a dejarse llevar por los diferentes escenarios, personajes e historias que propone Juliana en sus cuentos.